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Nada se interpone en el camino de un bebé cuando aprende a gatear y quiere algo. Si está en una superficie elevada y en un descuido se cae, el golpe no evitará una segunda caída (o varias más). En sus primeros meses de vida no le tiene miedo a las alturas.

Pero a medida que el tiempo pasa, empiezan a mostrar cautela. ¿Cómo se explica ese cambio? Un estudio publicado en la última edición de la revista Psychological Science afirma que la clave esta en la locomoción, es decir, en la acción que se realiza al trasladarse de un punto a otro.
Un elemento fundamental en este aspecto, según la investigación, es la “propiocepción”, que se define como la percepción visual que tiene el individuo de su propio movimiento.
Los científicos que analizaron el tema son psicólogos de las universidades de Berkeley, San Francisco y Nuevo México, en Estados Unidos; de Caen Basse-Normandie y Paris Descartes, en Francia y de Doshisha, en Japón.
Los expertos concluyeron que la visión periférica juega un papel muy importante en el desarrollo del miedo a las alturas después de haber hecho experimentos con bebés que gateaban y con otros que todavía no habían aprendido.
Conejitos de india
Uno de los ejercicios realizados consistió en introducir a los pequeños que no gateaban en go-karts que el equipo manejaba con un control similar a los de juegos electrónicos. Después de estar expuestos a esta actividad durante tres semanas, los bebés fueron colocados en el borde de una superficie con un poco más de altura.
El resultado fue que el latido del corazón de estos infantes se incrementó a cinco por segundos, lo que sugiere que estaban ansiosos. En el latido de los que no “manejaron”, no se registró ningún cambio.
En otro de los experimentos, los bebés estuvieron dentro de un cuarto en la que se movían el techo y las paredes. El objetivo era recrear la sensación de moverse hacia adelante. Los que estuvieron en los go-karts retrocedieron, los que no, se movieron mucho menos.
“Esto sugiere que el acto de impulsarse le enseña al cerebro a estar atento a lo que hay en su campo de visión periférica para ajustar su equilibrio”, le dijo Joseph Campos, uno de los psicólogos que participó en el estudio, a la revista New Scientist.
Otra prueba realizada por los investigadores fue poner a los bebés que ya gateaban en la habitación que se movía, y luego cerca del borde de una mesa de vidrio larga. Quienes tuvieron una mayor reacción en el cuarto que se movía, tenían dificultades para moverse sobre la mesa y llegar al otro lado, en donde estaban sus madres.
El hallazgo podría explicar por qué una persona que se asoma en la ventana de un avión, no siente vértigo. Pero esa misma persona, en un helicóptero, si podría marearse. En el primer caso, la visión periférica es igual casi todo el tiempo; en el segundo hay mucho más movimiento.

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